jueves, 24 de diciembre de 2009

Latido

Los hombres desean vivir,
pero desean aún más morir
y procrean hijos para que nazcan
otros destinos de muerte

Heráclito


El día que decidí morir estaba viva. Brillaba con fuerza e intensidad, tanta que dejaba ciegos mis ojos, los propios, los que siempre me observan. Ardía con desesperación y furia. Iré a Dios, me dije y entonces comenzaron las contracciones cada vez más fuertes y el terror, el temor inmenso que paraliza todo.

El día que morí estaba en su seno. Yo dormía y su llanto me despertó. Jugaba y su voz me sobresaltó. Ella no sabía que me vería al final del túnel indefensa, desnuda, larga, pura mirada sobresaltada. Ella pensaba en él, en su nombre, en la prole. Tomé impulso con la última contracción para dar el aliento final que me llevara de la oscuridad a la luz porque brillaba si, pero era noche allí adentro. La casa estaba vacía y en penumbras. Debía desprenderme de ella, ser yo al fin aunque nosotras nos amábamos tanto la una a la otra. Yo que era ella, me lancé a la muerte, temeraria. Quería ver su rostro, sentir nuestro olor y nuestro tacto. Entonces la vi.Lloraba.Sentí felicidad y alivio. Vi los espasmos en su cara y su cuerpo, la sangre roja y brillante que palpitaba alrededor nuestro. Me tomó en sus brazos temblorosos y apoyó mi cabeza sobre su pecho. Mi corazón henchido de amor se contrajo y luego se expandió hasta detenerse del todo. Dolores, me dijo.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Hasta el fin

Félix vivía en una casa rodeado de libros. Con él, Antonia. Ella cocinaba, limpiaba y ordenaba todos los días para Félix que pasaba sus días sumergido en el trabajo y en el libro de turno porque le gustaba mucho leer.
Esa tarde de junio, Antonia estaba encaramada en la biblioteca pasando el plumero a los estantes y una franela a cada libro. Libro por libro. Lo hacía con cuidado y devoción. Cuando estiró la mano para tomar un volumen que estaba en el estante más alto tropezó y cayó al piso.
Cayó boca abajo estrepitosamente. Félix la vio, la tomó en sus manos, le acarició el lomo con la yema de los dedos y pasó su nariz a centímetros de ella mientras la olía con fruición. La sorpresa los desconcertó a ambos porque ni bien reparó en las palabras… Toda vida es un pozo de soledad que va ahondándose con los años… la dejó deslizarse nuevamente hacia el piso. Ella cayó de espaldas cerrándose de un golpe seco.
Esta vez permaneció cerrada en sí misma mientras las letras y las palabras se mezclaban en combinaciones infinitas e imposibles. Él se quedó de pie junto a ella, mirándola con desconcierto. Ella hubiera querido que la tomara de nuevo entre sus manos, con ese gesto apasionado de antes, que le acariciara el lomo, que la oliera con deleite. Tenía que persuadirlo de que no la dejara, de que leyera en ella todo lo que tenía para decirle porque en verdad valía la pena.
Tenía que llevarla con él en el tren, dejar que lo acompañara todo el día y meterla con él en su cama. Tenía que estar pendiente de ella, de sus palabras y, también, de sus silencios. Quería quedar grabada a fuego en su alma. Ser la obsesión de sus días y sus noches, el motivo de su intriga y la razón de su alegría. Quería toda su atención posible y que no la soltara hasta llegar a la palabra “Fin”.
Félix, en efecto, quedó subyugado por su historia. La siguió, la llevó de aquí para allá, no paró hasta llegar a la última sílaba.
Esa noche después de dar un largo suspiro, tomó el teléfono y llamó a Claudia.
-Clau… amor… no sabés la novela que acabo de terminar de leer: un interesante viaje por la soledad y los sucesivos nacimientos en nuestra vida. Quiero pasártela. Mañana te la alcanzo al laburo. Te amo, amor.

jueves, 27 de agosto de 2009

Hormigas Rojas

Cuando la enfermera te limpió con alcohol el brazo, la miraste. Ella sacó la aguja, presionó y la clavó. Las hormigas se desparramaron por tu cuerpo. Con cada picadura perdías memoria de vos mismo, de tu nombre y de tus motivos para estar allí.
La más pequeña y colorada te habló. Entonces te diste cuenta que la enfermera era un bicho diminuto que con insistencia te daba la orden de dormir. Vos te negabas pero las hormigas parlantes se multiplicaron por mil. Gritaban cada vez más fuerte y más frenéticas. Por eso te incorporaste y te las sacudiste del cuerpo y de un pisotón las mataste a todas. Bueno, casi todas. La más diminuta de la voz chillona con delantal blanco te seguía hablando a voz en cuello.

–Aflojate. No es nada.

Y cambiaba de tamaño con cada tono más fuerte. Le sacaste la jeringa de las patas y empezaste a perseguirla por los pasillos del hospital. Ella se reía a carcajadas y corría mucho más rápido que vos. Cuando llegaron a la calle la perdiste de vista entre la gente. Te quedaste con la jeringa en la mano sin saber que hacer.

Volviste al cuarto, te sentaste sobre la camilla y miraste fijo el cuadro en la pared. Abriste los ojos y ella estaba allí sonriendo y palmeándote la cabeza.

–Buen chico, mirá acá está la costura. Tres puntitos nada más.

Miraste la cicatriz nueva en el brazo y sonreíste. Habían usado hilo rojo.

sábado, 25 de abril de 2009

Solitaridad

No tiene edad definida, ronda los cincuenta años. Suele usar pantalones y zapatos sin taco. Se deja las canas, se tiñe cuando su pelo adquiere un aspecto de dejadez y desprolijidad. Suele meter las manos en los bolsillos al caminar. Para hablar adopta una postura indolente como si lo que dijera no tuviera demasiada importancia. Cuando se involucra con una idea, saca las manos de los bolsillos y se las pasa por el pelo acomodando algún mechón que está fuera de lugar. Sonríe poco aunque recurre con frecuencia a la ironía, ella espera que la sonrisa provenga de su interlocutor, entonces su sonrisa es un reflejo, como un eco repetido del que tiene enfrente. Tiene dos pares de anteojos pero solo los usa cuando algo requiere su atención exclusiva.
Cuando da clases se apasiona con un tema pero son tantos los que le interesan y la entusiasman que a menudo se dispersa. Intenta escuchar a sus alumnos y lo hace con genuino interés pero con frecuencia los interrumpe para redondear ella una idea. A veces cae en el silencio, pierde el hilo de lo que está diciendo. Deja la oración sin terminar. Entonces vuelve a su escritorio porque mientras hablaba se había puesto a caminar por el pasillo. Apoya las manos sobre el escritorio y recapitula usando la frase: Lo que quiero decir es...Vuelve a hacer una pausa para dirigirse a sus alumnos y preguntarles: Me siguen? Su audiencia fingirá interés o asentirá con entusiasmo y eso bastará para que continúe su perorata. Es un poco sorda por lo tanto usa un tono de voz fuerte al hablar sobre todo si está entusiasmada.
Sueña con visitar Stratford y Ginebra. Siempre que estuvo a punto de tomar el avión algo sucedió. La primera vez su marido enfermó y se quedó a cuidarlo. La segunda le ofrecieron tomar las horas de la cátedra que tiene actualmente. Su otro sueño es terminar la novela y mandarla a algún concurso pero tenerla inconclusa le da la sensación de que todavía queda algo por hacer. La angustia pensar que puede llegar a cumplir sus deseos.

Dorotea vive en una casa pequeña con su perro. Toma el tren todos los días para ir a dar clases. En el jardín de su casa tiene flores todo el año. Le gusta adornar el comedor con las que estén de estación. Su padre y su madre tienen cerca de noventa años. Gozan de buena salud y viven en Tucumán. Dorotea alguna vez ganó un concurso de poesía y tiene una novela que nunca terminó. Es profesora de literatura, trabaja en instituciones públicas, su situación económica es modesta, tiene la pensión que le dejó su marido –Juan- quien falleció recientemente y su sueldo de maestra.
Llueve. Dorotea mete todos sus papeles en el bolso. Es lunes y extraña a Juan. Está vestida de naranja, su color favorito, pero todo alrededor es negro. Negros los árboles, negras las flores. Su perro es más negro que nunca. Camina la estación para tomar como todos los lunes, el tren de las 8.15. Entra al vagón del medio. Se sienta esperando ver al oficinista apurado, al estudiante dormido, a la vendedora de Hecho en BA. En cambio ve a una pareja acaramelada, a un anciano y a un vendedor de La Solidaria.
-No le voy a comprar.
El tipo pasa a su lado sin ofrecerle un número, ignorándola por completo. Comienza a ver las estaciones, y de repente se da cuenta de que tomó el tren equivocado.
-Mierda. Llego tarde a clase.
Se levanta apurada y nerviosa y sin querer tropieza con la silla de ruedas y tira los talonarios de números al piso. El vendedor la mira. Su mirada es digna, orgullosa y no esconde el menor reproche. Entonces Dorotea recoge los números y le dice:
-Dame diez.
Odia el azar. No cree en la buena o mala fortuna. Todo en su vida responde a un plan cuidadosamente trazado. Un plan donde todo está calculado. Donde nada falla y todo tiene una razón de ser. Por eso dobla los billetes y los guarda en su billetera pensando que se los va a dar a su amiga Susi.
-Sortean el sábado-, le avisa el de La Solidaria.
Dorotea transitará el resto del día y la semana como de costumbre. Cuando el sábado por la noche, Susi la llama por teléfono para contarle su visita semanal a la tarotista, ella recuerda de repente los números. Mientras escucha a su amiga, los saca y los pone sobre la mesa. Susana está más charlatana que nunca y no la deja meter bocado. Finalmente se despide sin darle tiempo a ofrecerle nada.
Dorotea prende la tele, se busca una copa de tinto y un sándwich, y se dispone a hacer zapping. De repente ahí está. La voz chillona que anuncia el sorteo y los números gigantes impresos en la pantalla. 1.577.365.
Dorotea echa una mirada distraída a los talones sobre su mesa.
365.
Bueno, algo es algo.
577.365.
No puede ser.
1.577.365.
Ahí estaba. Sin error posible. Por primera vez en 53 años, Dorotea Cohen tuvo que aceptar que más allá de todo plan, los golpes de suerte existían. Dorotea no era capaz de sentir euforia. No la sentía desde sus dieciocho años, cuando recibió un diez en el final de latín. Ahora un sentimiento nuevo pero parecido a esa euforia juvenil, se abría paso en su mente. Se fue a dormir.
Apenas cinco días más tarde, estaba con su vestido naranja, firmando el recibo por el premio mayor.
-Que lo disfrute-, le dijeron.
Ella se puso los anteojos negros y se largó a llorar.

lunes, 23 de febrero de 2009

Carnavales Quitapenas


La real academia define al carnaval (de carnelevare de carne, carne y levare, quitar) como los tres días que preceden al comienzo de la Cuaresma, también lo define como fiesta popular que se celebra en tales días, y consiste en mascaradas, comparsas, bailes y otros regocijos bulliciosos. Una segunda entrada le da un giro idiomático despectivo. Cuando se refiere a que algo es un carnaval denomina al conjunto de informalidades y actuaciones engañosas que se reprochan en una reunión o en el trato de un negocio.
Como estamos en esos días se me ocurrió investigar y dar cuenta de dicho acontecimiento. En la ciudad de Buenos Aires se celebra de distintas maneras, las hay más organizadas, más o menos informales y están también aquellas promovidas por los centros culturales. A pesar del mal tiempo que hizo por estos días la gente no dejó de celebrar y lo hizo en las calles, en los hogares, donde diera lugar. Creo que es una fiesta siempre vigente y digna de ser tenida en cuenta llena de alegría, entusiasmo y ritos celebratorios que ayudan a quitar penas y a olvidar por un rato la miseria, el hambre y la necesidad que aquejan la vida cotidiana de muchos de los habitantes de esta ciudad.

Fuentes: Real Academia Española.
Crédito de la foto: Raúl Manrupe para el Centro
Cultural Raúl Ricardo Rojas.

domingo, 15 de febrero de 2009

Vicky Cristina Barcelona

Penélope Cruz, Javier Bardem y Scarlett Johanson

Ayer, día en que el mercado nos imponía la celebración de la fiesta de San Valentin, los astros se alinearon y coincidimos una vez más con mi hermana en el cine. La última de Allen, un experto en retratar ciudades según la aguda observación de mi sis. A ella le pegaron el tema de las decisiones que cada persona hace a lo largo de su vida, a mi las interpretaciones, la bella e insistente musiquita. La narración de la voz en off me recordó a aquella en Dogville de Lars von Triers. No faltaron los toques de humor e ironía. Pasé un buen rato aunque iba casi sin expectativas. Tal vez sea eso de los años y el haber visto ya tantas cosas que la vuelven a una escéptica y poco comprometida con sus gustos. En síntesis, la película me agradó. Creo que el gran tema, volviendo a San Valentin y los enamorados, es el amor. Como siempre. Amor, muerte y viajes. ¿O acaso existen más?

viernes, 6 de febrero de 2009

Manual de supervivencia

Cuando escuchó el primer golpe se sobresaltó y tiró al piso el manual de supervivencia que estaba leyendo. El libro era un compendio de técnicas de relajación, consejos sobre autoayuda y maximización de los recursos personales. Tenía letras verdes y una foto de un hombre en el espacio en la tapa. Oyó un segundo golpe seco, un puño cerrado golpeó la puerta por segunda vez. Catalina se puso de pie y se dirigió a las escaleras. En el pasillo se detuvo. Silencio. Una rama del pino que había junto a su ventana golpeó el vidrio. No podía creer que dos veces hubieran golpeado a la puerta. Un horror súbito la invadió. El terror era mayor al que había sentido el día que enterró al último sobreviviente. Era la angustia de sentir que a pesar de todo, no era ella la última que había quedado con vida después de la catástrofe. Ella que simplemente se preparaba para morir aún sabiendo que a nadie más importaría su muerte. Comprendió que había una segunda persona. Otro ser humano con el cual compartir ese mundo devastado, un aliado o un enemigo. Mientras pensaba todo esto había terminado de bajar las escaleras. Ante ella estaba la puerta donde comenzaron a golpear una tercera y cuarta vez hasta que los ruidos se multiplicaron y perdió la cuenta. El terror se había apoderado de su cuerpo y la paralizaba de todas las formas posibles. Tenía las manos crispadas, la piel erizada, los ojos desorbitados. Los golpes eran imperativos, demandantes y llevaban con ellos un único y claro mensaje: ¡Abrí!
Intentó de todo, esperar, golpear la mesa del comedor con los puños, acallar de ese modo el insistente ruido de los nudillos sobre el otro lado de la puerta.
Finalmente se rindió. Pensó que lo mejor era abrir la puerta y ver de una vez que era lo que había del otro lado. Puso la mano sobre la manija, cerró los ojos, contuvo la respiración y abrió.

martes, 6 de enero de 2009

Tigres

De la fuente de las lágrimas hacía rato que habían nacido ya los tigres. Desde el fondo la contemplaban mirarse en el charco. Cada tarde se acercaba y los miraba y los acariciaba. Sus rayas la complacían. Ellos le mostraban sus bigotes y sus felinas caras de tigre blanco. Ella estaba orgullosa. Había iniciado la creación un día inesperado en primavera cuando la soberbia, esa palabra que vestía de rojo y amarillo y sonreía con aparente sencillez la despertó de una pesadilla nocturna. Entonces la tomó de la mano. Durante el camino María fue desovillando el carrete de hilo naranja mientras hablaba sin parar acerca de todo lo que le había sucedido desde la muerte de la madre. Cuando llegaron a la fuente ella la sentó junto a la piedra bajo el sauce. Allí Maria Celeste lloró su primera lágrima. Y de este modo nació la pupila negra del primero de los tres tigres. Era una perla negra y redonda que refulgía desde lo profundo de la fuente de aguas claras. Se clavó fija entre sus ojos y María Celeste sonrió complacida. Tenía volumen y era una bella pupila. La complacencia la hizo sonreír y casi sin proponérselo se formaron las atigradas rayas que rodeaban la pupila del ojo y vio como éste se abría y se cerraba mirándola con una sonrisa cómplice. La complacencia dejó paso a un cierto temor y retiró sus ojos del agua para fijarlos en el cielo anaranjado del atardecer. A su lado ella la tomó del brazo y se retiraron para volver al día siguiente. Pocos minutos después comenzaría una fina llovizna que le daría cuerpo al rostro del primer tigre y a su ojo diestro.