martes, 6 de enero de 2009

Tigres

De la fuente de las lágrimas hacía rato que habían nacido ya los tigres. Desde el fondo la contemplaban mirarse en el charco. Cada tarde se acercaba y los miraba y los acariciaba. Sus rayas la complacían. Ellos le mostraban sus bigotes y sus felinas caras de tigre blanco. Ella estaba orgullosa. Había iniciado la creación un día inesperado en primavera cuando la soberbia, esa palabra que vestía de rojo y amarillo y sonreía con aparente sencillez la despertó de una pesadilla nocturna. Entonces la tomó de la mano. Durante el camino María fue desovillando el carrete de hilo naranja mientras hablaba sin parar acerca de todo lo que le había sucedido desde la muerte de la madre. Cuando llegaron a la fuente ella la sentó junto a la piedra bajo el sauce. Allí Maria Celeste lloró su primera lágrima. Y de este modo nació la pupila negra del primero de los tres tigres. Era una perla negra y redonda que refulgía desde lo profundo de la fuente de aguas claras. Se clavó fija entre sus ojos y María Celeste sonrió complacida. Tenía volumen y era una bella pupila. La complacencia la hizo sonreír y casi sin proponérselo se formaron las atigradas rayas que rodeaban la pupila del ojo y vio como éste se abría y se cerraba mirándola con una sonrisa cómplice. La complacencia dejó paso a un cierto temor y retiró sus ojos del agua para fijarlos en el cielo anaranjado del atardecer. A su lado ella la tomó del brazo y se retiraron para volver al día siguiente. Pocos minutos después comenzaría una fina llovizna que le daría cuerpo al rostro del primer tigre y a su ojo diestro.