viernes, 17 de enero de 2014

El abrazo


                          The kiss Gustav Klimt


De repente lo vi. Estaba allí frente a mí sentado en una mesa leyendo. Era él. Creo que el también me reconoció porque sostuvo mi mirada y me sonrió. Yo bajé mis ojos con una timidez ancestral e invencible. Quería mirarlo y sonreírle, sostener su mirada, acercarme a él. Me levanté despacio, caminé hacia su lugar. Me incliné y mirando sus labios, lo besé. El se quedó inmóvil, dejándose besar y sentí como por debajo de sus labios se dibujaba una sonrisa cómplice que trasladó a mi boca. Entonces riéndonos ambos nos separamos y nos quedamos muy cerca, nos miramos fijamente mientras el se ponía de pie y me abrazaba, primero lentamente luego cada vez con mayor firmeza. Yo sentí la vieja debilidad de mi sangre y mis músculos y no pude más que rendirme, sabiendo que esa claudicación era la última y definitiva y que a partir de ese momento mi historia pasada y todo el futuro cambiaban radicalmente. Fue un instante eterno, una infinitud hermosa donde supe por fin que todo dolor se había esfumado, que había encontrado un puerto. El ancla, una bahía, el oasis donde calmar la sed de tantos años. Y mientras tanto todo el tiempo yo permanecía en mi mesa, sentada, mirándolo quieta y absorta, llena de deseo.


2011