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Latido
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Los hombres desean vivir, pero desean aún más morir y procrean hijos para que nazcan otros destinos de muerte Heráclito El día que decidí morir estaba viva. Brillaba con fuerza e intensidad, tanta que dejaba ciegos mis ojos, los propios, los que siempre me observan. Ardía con desesperación y furia. Iré a Dios, me dije y entonces comenzaron las contracciones cada vez más fuertes y el terror, el temor inmenso que paraliza todo. El día que morí estaba en su seno. Yo dormía y su llanto me despertó. Jugaba y su voz me sobresaltó. Ella no sabía que me vería al final del túnel indefensa, desnuda, larga, pura mirada sobresaltada. Ella pensaba en él, en su nombre, en la prole. Tomé impulso con la última contracción para dar el aliento final que me llevara de la oscuridad a la luz porque brillaba si, pero era noche allí adentro. La casa estaba vacía y en penumbras. Debía desprenderme de ella, ser yo al fin aunque nosotras nos amábamos tanto la una a la otra. Yo que era ella, me lancé a la muerte...
Hasta el fin
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Félix vivía en una casa rodeado de libros. Con él, Antonia. Ella cocinaba, limpiaba y ordenaba todos los días para Félix que pasaba sus días sumergido en el trabajo y en el libro de turno porque le gustaba mucho leer. Esa tarde de junio, Antonia estaba encaramada en la biblioteca pasando el plumero a los estantes y una franela a cada libro. Libro por libro. Lo hacía con cuidado y devoción. Cuando estiró la mano para tomar un volumen que estaba en el estante más alto tropezó y cayó al piso. Cayó boca abajo estrepitosamente. Félix la vio, la tomó en sus manos, le acarició el lomo con la yema de los dedos y pasó su nariz a centímetros de ella mientras la olía con fruición. La sorpresa los desconcertó a ambos porque ni bien reparó en las palabras… Toda vida es un pozo de soledad que va ahondándose con los años … la dejó deslizarse nuevamente hacia el piso. Ella cayó de espaldas cerrándose de un golpe seco. Esta vez permaneció cerrada en sí misma mientras las letras y las palabras se mezcla...
Hormigas Rojas
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Cuando la enfermera te limpió con alcohol el brazo, la miraste. Ella sacó la aguja, presionó y la clavó. Las hormigas se desparramaron por tu cuerpo. Con cada picadura perdías memoria de vos mismo, de tu nombre y de tus motivos para estar allí. La más pequeña y colorada te habló. Entonces te diste cuenta que la enfermera era un bicho diminuto que con insistencia te daba la orden de dormir. Vos te negabas pero las hormigas parlantes se multiplicaron por mil. Gritaban cada vez más fuerte y más frenéticas. Por eso te incorporaste y te las sacudiste del cuerpo y de un pisotón las mataste a todas. Bueno, casi todas. La más diminuta de la voz chillona con delantal blanco te seguía hablando a voz en cuello. –Aflojate. No es nada. Y cambiaba de tamaño con cada tono más fuerte. Le sacaste la jeringa de las patas y empezaste a perseguirla por los pasillos del hospital. Ella se reía a carcajadas y corría mucho más rápido que vos. Cuando llegaron a la calle la perdiste de vista entre la gente. Te ...