jueves, 24 de diciembre de 2009

Latido

Los hombres desean vivir,
pero desean aún más morir
y procrean hijos para que nazcan
otros destinos de muerte

Heráclito


El día que decidí morir estaba viva. Brillaba con fuerza e intensidad, tanta que dejaba ciegos mis ojos, los propios, los que siempre me observan. Ardía con desesperación y furia. Iré a Dios, me dije y entonces comenzaron las contracciones cada vez más fuertes y el terror, el temor inmenso que paraliza todo.

El día que morí estaba en su seno. Yo dormía y su llanto me despertó. Jugaba y su voz me sobresaltó. Ella no sabía que me vería al final del túnel indefensa, desnuda, larga, pura mirada sobresaltada. Ella pensaba en él, en su nombre, en la prole. Tomé impulso con la última contracción para dar el aliento final que me llevara de la oscuridad a la luz porque brillaba si, pero era noche allí adentro. La casa estaba vacía y en penumbras. Debía desprenderme de ella, ser yo al fin aunque nosotras nos amábamos tanto la una a la otra. Yo que era ella, me lancé a la muerte, temeraria. Quería ver su rostro, sentir nuestro olor y nuestro tacto. Entonces la vi.Lloraba.Sentí felicidad y alivio. Vi los espasmos en su cara y su cuerpo, la sangre roja y brillante que palpitaba alrededor nuestro. Me tomó en sus brazos temblorosos y apoyó mi cabeza sobre su pecho. Mi corazón henchido de amor se contrajo y luego se expandió hasta detenerse del todo. Dolores, me dijo.