jueves, 27 de agosto de 2009

Hormigas Rojas

Cuando la enfermera te limpió con alcohol el brazo, la miraste. Ella sacó la aguja, presionó y la clavó. Las hormigas se desparramaron por tu cuerpo. Con cada picadura perdías memoria de vos mismo, de tu nombre y de tus motivos para estar allí.
La más pequeña y colorada te habló. Entonces te diste cuenta que la enfermera era un bicho diminuto que con insistencia te daba la orden de dormir. Vos te negabas pero las hormigas parlantes se multiplicaron por mil. Gritaban cada vez más fuerte y más frenéticas. Por eso te incorporaste y te las sacudiste del cuerpo y de un pisotón las mataste a todas. Bueno, casi todas. La más diminuta de la voz chillona con delantal blanco te seguía hablando a voz en cuello.

–Aflojate. No es nada.

Y cambiaba de tamaño con cada tono más fuerte. Le sacaste la jeringa de las patas y empezaste a perseguirla por los pasillos del hospital. Ella se reía a carcajadas y corría mucho más rápido que vos. Cuando llegaron a la calle la perdiste de vista entre la gente. Te quedaste con la jeringa en la mano sin saber que hacer.

Volviste al cuarto, te sentaste sobre la camilla y miraste fijo el cuadro en la pared. Abriste los ojos y ella estaba allí sonriendo y palmeándote la cabeza.

–Buen chico, mirá acá está la costura. Tres puntitos nada más.

Miraste la cicatriz nueva en el brazo y sonreíste. Habían usado hilo rojo.