martes, 2 de febrero de 2010

Las montañas

                               Himalayas, Leh, Febrero 2010, Fotos de Arturo

Extralimitaciones

El jean era un Levis azul 501, talle 42. Tenía el corte perfecto, el precio justo y la vendedora que me lo mostraba sonreía alentándome a que me lo probara. Entré al vestidor. Calcé una pierna, después otra. Y no. Lo sabía. A la altura de las caderas el pantalón se atascó y no subió más. Suspiré y me resigné a lo innegable.

Siempre conocí mis límites. Son muchos. Demasiados para mis años. Solía pensar que la muerte me presentaría un día el más inevitable de todos ellos, el más difícil de aceptar.

-¿Cómo te fue esta semana Sole?-

La coordinadora esperó que mostrara mi curva de descenso, curva que en este caso era ascenso, y contara acerca de mi último asalto al kiosko. El grupo me aconsejó y prometí mejores resultados para la próxima reunión.


A la salida Matías me esperaba con una barrita de cereales y una coca cero. Le agradecí, guardé la barrita en mi cartera y emprendí con la coca.


Tengo límites de todo tipo. Al sur, la pasión que descansa ignorando mi existencia. Al norte, la razón que se rebela siempre ante lo fantástico. Al centro, el punto medio, el lugar donde intento descansar de los extremos. Sí. En cada costado, un extremo, dos brazos del puente que me atraviesa de lado a lado. Llevo colgadas del cuello las llaves. Tengo todo subdividido, clasificado, rotulado y ordenado en casilleros. Para reír, tomo la llave más pequeña. El compartimiento es claro y diáfano. Para abrirlo introduzco la llave en la cerradura, giro dos veces a la izquierda hasta escuchar el clic. Entonces saco una sonrisa que pronto será una carcajada. Me estremezco de pies a cabeza, me tomo la panza firmemente con las manos. La risa se expande por mi cuerpo y se traslada al espacio poblando de locura el aire a mi alrededor. Se disuelve y cae al piso esparciéndose a mis pies. Me agacho y, con la mano, la junto. Recobro la alegría desparramada sobre las baldosas del patio. La doblo en cuatro partes, admiro su tono naranja y brillante, y la pongo en su lugar.


Un día se quebrará el orden y desconoceré mis límites. Me desintegraré. Las paredes que separan y limitan mi sustancia se quebrarán. La chica del shopping que vende jeans, la coordinadora de Dietaclub y mi novio no sabrán que hacer con mis restos. Leerán las instrucciones, tomarán las partes dispersas, las unirán unas con otras y me pondrán nuevamente en la caja, en ese estante, doblada prolijamente, junto a los otros objetos.