sábado, 25 de abril de 2009

Solitaridad

No tiene edad definida, ronda los cincuenta años. Suele usar pantalones y zapatos sin taco. Se deja las canas, se tiñe cuando su pelo adquiere un aspecto de dejadez y desprolijidad. Suele meter las manos en los bolsillos al caminar. Para hablar adopta una postura indolente como si lo que dijera no tuviera demasiada importancia. Cuando se involucra con una idea, saca las manos de los bolsillos y se las pasa por el pelo acomodando algún mechón que está fuera de lugar. Sonríe poco aunque recurre con frecuencia a la ironía, ella espera que la sonrisa provenga de su interlocutor, entonces su sonrisa es un reflejo, como un eco repetido del que tiene enfrente. Tiene dos pares de anteojos pero solo los usa cuando algo requiere su atención exclusiva.
Cuando da clases se apasiona con un tema pero son tantos los que le interesan y la entusiasman que a menudo se dispersa. Intenta escuchar a sus alumnos y lo hace con genuino interés pero con frecuencia los interrumpe para redondear ella una idea. A veces cae en el silencio, pierde el hilo de lo que está diciendo. Deja la oración sin terminar. Entonces vuelve a su escritorio porque mientras hablaba se había puesto a caminar por el pasillo. Apoya las manos sobre el escritorio y recapitula usando la frase: Lo que quiero decir es...Vuelve a hacer una pausa para dirigirse a sus alumnos y preguntarles: Me siguen? Su audiencia fingirá interés o asentirá con entusiasmo y eso bastará para que continúe su perorata. Es un poco sorda por lo tanto usa un tono de voz fuerte al hablar sobre todo si está entusiasmada.
Sueña con visitar Stratford y Ginebra. Siempre que estuvo a punto de tomar el avión algo sucedió. La primera vez su marido enfermó y se quedó a cuidarlo. La segunda le ofrecieron tomar las horas de la cátedra que tiene actualmente. Su otro sueño es terminar la novela y mandarla a algún concurso pero tenerla inconclusa le da la sensación de que todavía queda algo por hacer. La angustia pensar que puede llegar a cumplir sus deseos.

Dorotea vive en una casa pequeña con su perro. Toma el tren todos los días para ir a dar clases. En el jardín de su casa tiene flores todo el año. Le gusta adornar el comedor con las que estén de estación. Su padre y su madre tienen cerca de noventa años. Gozan de buena salud y viven en Tucumán. Dorotea alguna vez ganó un concurso de poesía y tiene una novela que nunca terminó. Es profesora de literatura, trabaja en instituciones públicas, su situación económica es modesta, tiene la pensión que le dejó su marido –Juan- quien falleció recientemente y su sueldo de maestra.
Llueve. Dorotea mete todos sus papeles en el bolso. Es lunes y extraña a Juan. Está vestida de naranja, su color favorito, pero todo alrededor es negro. Negros los árboles, negras las flores. Su perro es más negro que nunca. Camina la estación para tomar como todos los lunes, el tren de las 8.15. Entra al vagón del medio. Se sienta esperando ver al oficinista apurado, al estudiante dormido, a la vendedora de Hecho en BA. En cambio ve a una pareja acaramelada, a un anciano y a un vendedor de La Solidaria.
-No le voy a comprar.
El tipo pasa a su lado sin ofrecerle un número, ignorándola por completo. Comienza a ver las estaciones, y de repente se da cuenta de que tomó el tren equivocado.
-Mierda. Llego tarde a clase.
Se levanta apurada y nerviosa y sin querer tropieza con la silla de ruedas y tira los talonarios de números al piso. El vendedor la mira. Su mirada es digna, orgullosa y no esconde el menor reproche. Entonces Dorotea recoge los números y le dice:
-Dame diez.
Odia el azar. No cree en la buena o mala fortuna. Todo en su vida responde a un plan cuidadosamente trazado. Un plan donde todo está calculado. Donde nada falla y todo tiene una razón de ser. Por eso dobla los billetes y los guarda en su billetera pensando que se los va a dar a su amiga Susi.
-Sortean el sábado-, le avisa el de La Solidaria.
Dorotea transitará el resto del día y la semana como de costumbre. Cuando el sábado por la noche, Susi la llama por teléfono para contarle su visita semanal a la tarotista, ella recuerda de repente los números. Mientras escucha a su amiga, los saca y los pone sobre la mesa. Susana está más charlatana que nunca y no la deja meter bocado. Finalmente se despide sin darle tiempo a ofrecerle nada.
Dorotea prende la tele, se busca una copa de tinto y un sándwich, y se dispone a hacer zapping. De repente ahí está. La voz chillona que anuncia el sorteo y los números gigantes impresos en la pantalla. 1.577.365.
Dorotea echa una mirada distraída a los talones sobre su mesa.
365.
Bueno, algo es algo.
577.365.
No puede ser.
1.577.365.
Ahí estaba. Sin error posible. Por primera vez en 53 años, Dorotea Cohen tuvo que aceptar que más allá de todo plan, los golpes de suerte existían. Dorotea no era capaz de sentir euforia. No la sentía desde sus dieciocho años, cuando recibió un diez en el final de latín. Ahora un sentimiento nuevo pero parecido a esa euforia juvenil, se abría paso en su mente. Se fue a dormir.
Apenas cinco días más tarde, estaba con su vestido naranja, firmando el recibo por el premio mayor.
-Que lo disfrute-, le dijeron.
Ella se puso los anteojos negros y se largó a llorar.

1 comentario:

claudia dijo...

maravilloso

saludos! :)
claudia