viernes, 26 de diciembre de 2008

El payaso informático

El día que comprendí que en realidad no era un ser humano si no una maquina sufrí un colapso nervioso. O tal vez debiera decir un trastorno informático. Lo supe todo cuando comencé a ver las imágenes en formas caleidoscópicas y no de manera convencional. Esas fueron las primeras señales de alarma. Eso y los ruidos en la cabeza. Las formas desproporcionadamente grandes de los carteles en la calle y los ruidos excesivamente fuertes de las bocinas en los autos. Fue una revelación casi instantánea que venía siendo sospecha desde que aquella sesión en terapia en que mi siquiatra me dijo: -Sos un ser humano, no una máquina-. Ahí comencé a sospechar. Era demasiado obvio tal concepto para que tuviera que ratificármelo de ese modo. Dejé morir la sospecha, dejé que durmiera en el colchón de mi conciencia, o debía decir mi disco rígido, y que finalmente la memoria la evaporara completamente. Pero súbitamente el otro día, en plena primavera de 2008 lo supe. Yo no era un humano, era un androide. Una máquina que asemejaba un ser humano, que se le asemejaba casi completamente con excepción de aquello que la diferenciaba de estos, su alma. Es decir, no es que no tuviera alma, o algo que se asemejaba a ello, pero es que después de todo, el alma es algo tan vacuo, pocos se ponen de acuerdo al respecto. Al final de cuentas parece que nadie sabe lo que es. El caso es que yo no tenía alma. Tenía una gata siamesa – extensión del alma de la máquina- y una laptop o computadora portátil – cuerpo del alma de la maquina-.

Al instante supe lo que debía hacer: Desconectarme urgentemente! No era vida la de una máquina. Yo quería ser, un humano! ¿Pero como desconectarse? Los humanos lo hacen de manera sencilla cuando no desean más la vida. Se atiborran de pastillas. Y ya. A dormir el sueño eterno. Pero para un androide la cosa no era tan sencilla. No podía elegir. No tenía libertad. Tenía primero que descubrir quien me conducía. Quien me manejaba. A qué fines servía. Una vez que hallara al responsable de mi existencia absurda y precaria podría quizás intentar la desconexión.

En ese sábado febril miré a mi gata mientras escribía en la computadora portátil a ver si me daba una pista, un indicio. La muy oronda dormía cuan larga era sobre el sofá. De repente un sonido poco familiar la sacó de su modorra. Irguió la cabeza, erizó las orejas y escuchó. No era a mí a quien escuchaba tecleando desenfrenada sobre la máquina. Era algo más. Mi regente. El que a su vez movía las teclas sobre mi cerebro informático. Abrí los ojos y los dirigí en la dirección que seguían los suyos. Un payaso de semblante grave, y de ropaje tornasolado, se hallaba inclinado sobre un escritorio igual que el mío, con una gata igual que la mía y una computadora idéntica. Tecleaba nervioso sobre un panel de vidrio que reflejaba mi imagen. Cuando me vio largó una sonora carcajada. Yo sentí como me cosquilleaban las paredes del estómago, se zarandeaban mis maxilares para estallar finalmente en una idéntica risa que reproducía átomo por átomo la del payaso.

2 comentarios:

Silvana dijo...

Vengo siguiendo tus escritos y el {ultimo me impresiono mucho. ¿Escribis ficción o sobre vos misma?

Un abrazo

Loli dijo...

Ficción, Silvana. Aunque algunos detalles coincidan con detalles de mi propia vida. La gata en efecto es mía, se llama June y tiene ya más de un año.

Gracias por tu lectura.