sábado, 29 de enero de 2011

Noche de Reyes

 

...and all our yesterdays have lighted fools...W.S.



Tenés la puta costumbre de encerrarte en esa casa donde el piso de madera llora tus pasos. Donde la biblioteca, cargada de libros que son tu única compañía, acaricia el cielo raso. Y no es la primera vez que te lo decimos. Por eso recibirás la invitación con asombro.

- ¡Qué salvaje!- ¡John y Mary Ford!- dirá el.

- ¡Disfraces! ¡Ahh! ... 31 de Octubre...- te percatarás.

El se pondrá la toga de graduación. Vos tus zapatos rojos con cascabel.

Caminarán bajo la tormenta hasta allá. Irás envuelta en éxtasis pero una baldosa floja y la puteada destruirán tu idilio con la lluvia. - ¡Mis zapatos! ¡Tengo los pies llenos de barro!- chillarás melodramáticamente. El pelo mojado poco te importará.

Cuando lleguen, la casa de varios pisos, estará abierta. Al entrar, él reconocerá a varios de sus amigos. Seco, impecable, buscará un lugar para dejar su paraguas y se alejará para saludar. Te servirás una copa de algo. El caserón estará hasta las manos. Seis mil personas fácil.

Los cuadros llenarán tus pupilas blancas desbordándolas de matices y colores.

Los espejos estarán distribuidos aquí y allá en ángulos caprichosos. Duplicarán, triplicarán y cuadruplicarán tus percepciones. Ocasionalmente te sentirás atraída por alguna imagen. La seguirás con la mirada. Desde ellos, treinta y uno de nosotros, te asaltaremos como intuiciones.

Pronto perderás de vista al graduado.

Errática, caminarás entre los enmascarados.

Los disfraces no serán originales, pero te maravillarás de todas formas. Una bruja benévola notará los pies enlodados y te facilitará medias a rayas, zapatos negros puntiagudos con gruesas hebillas y una escoba.

Te llamarán la atención los ojos oscuros de un lustrabotas. Intentarás acercarte con sigilo, pero huirá sistemáticamente apenas intentes ingresar a su campo visual. Para él jamás existirás.

Los invitados se agruparán en diferentes esquinas. Te parecerá divisarlo en uno de estos grupos. Te acercarás y escucharás. Enfundados en sus togas hablarán de política y economía. No te presentará al resto. Jamás habrás existido para él. Entonces, ignorando tus letras y tu nombre, te aburrirás y desaparecerás.

Volverás a mirar los cuadros. Te encanta como toco el violín de pie, sobre el tejado. Manteniendo el equilibrio. Acariciando las moradas de los ángeles con mi música. Estirarás la mano hacia mí. Querrías partirle el violín en la cabeza.

(Imaginarás sus reacciones.- ¡La bruja le partió el Stradivarius en la nuca!-. Él, a tus pies, enmudecería para siempre.)

Apurate, quedamos pocos.

Verás el sol y decidirás irte y abandonarlo de una vez por todas. Suspirarás profundamente, como desde lo hondo de un aljibe. El suspiro habrá nacido hace ya diez años cuando intuiste por primera vez al hombre niño detrás de los anteojos y del discurso quijotesco y pueril. Se elevará, flotará y dará un tironcito suave y leve a la punta de su toga. Pero el no lo advertirá.

Dejarás la casa y cerrarás las puertas detrás de vos.

Armarás la valija. Meterás un par de libros. Algo de ropa. El retrato de tu madre. Documentos. Remedios. Cruzarás volando Plaza San Martín. De paso y cañazo, acomodarás las manos del reloj en la torre que estará algo atrasado. Cuando llegues a Retiro, comprarás jazmines y el diario. Obviarás los titulares. Te observaremos desde la fecha. Y comprenderás. Será 6 de enero del 200... Con tu llanto intentarás diluir la tinta y al último de nosotros.

Llaman a la puerta. Quizás seas vos. No lo sabés. Solo yo sobreviví. Y te espero para partir. Soy el número uno.
 
 
Enero de 2002
 
Originalmente publicado en El aleph

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